martes, 6 de mayo de 2008

Elisa, la enferma

Muchas personas afirman depremirse en los hospitales, servicios médicos de salud y centros asistenciales. Las personas a las que conozco que realizan tal afirmación suelen ser personas sanas que solo van a estos lugares de visita y no a recibir curas, recetas o su medicación necesaria para vivir.

Es cierto que la realidad que se puede observar en estos lugares, no es muy reconfortante si tenemos en cuenta que los usuarios son personas enfermas, y la enfermedad no es reconfortante en sí misma. Pero la enfermedad es intrínsicamente humana y aunque estemos sanos no podemos obviarlo.

Una enfermedad crónica que me acompaña últimamente, me hace visitar un ambulatorio de manera cíclica. En la última espera de turno para que mi médico me recetara los medicamentos rutinarios junto a mí se sentó un hombre que acompañaba a su mujer condenada a una silla de ruedas. El nombre de esta mujer era Elisa.

Elisa había sufrido la amputación de una pierna, tenía azúcar, le pude observar una cierta parálisis en un brazo, estaba claramente debilitada, solo podía emitir un hilo de voz que se quebraba en un llanto visible. Era fácil deducir que la vida se le escapaba día a día y ella era consciente. Su marido también.

Nadie le dió conversación. Yo tampoco. Nos limitamos a observar su llanto repetitivo y amargo. Cuando salí del ambulatorio pensé que hubiera sido muy sencillo dedicarle unas simples palabras con cierto cariño. Pero ahora era demasiado tarde. Aunque parezca mentira, en una sociedad tan avanzada como la nuestra, siempre existen barreras para la sencillez expontánea.

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