Fotografia extraida de la web: www.sugoi.com.ar
El sábado por la mañana la ciudad bulle de actividad. Las calles rebosan de personas que van de aquí para allá ocupando su tiempo de ocio. Almuerzos, hobbies, paseos, juegos, conversaciones ocupan la mañana que se escapa rápidamente en el tiempo. Aunque la ocupación más habitual y extendida es la compra familiar.
Los excasos puestos tradicionales de productos naturales que van quedando venden como ningún otro día de la semana, en los supermercados las cajas provocan colas interminables, las tiendas levantan sus persianas esperanzados en que los bolsillos anden más ligeros y los bares se han abastecido especialmente de cafe y pan para alimentar y reconfortar los cuerpos de los consumidores.
Entre esa maraña habitual se encuentra Xiang el comerciante. Él y su familia llegaron de China hace unos años sin hacer prácticamente ruido. Después de trabajar como cocinero en un restaurante asiático propiedad de un familiar, alquiló una planta baja enorme, la llenó de estanterias quilométricas y las hizo rebosar de miles de productos de todos los géneros y condición.
En la macrotienda de Xiang encuentras practicamente todo lo que puedas necesitar y lo que no también. Además Xiang y su familia, cada uno haciendo su tarea dentro del local, te regalan una sonrisa siempre que te diriges a ellos sea para preguntarles por la estantería donde tienen los parasoles para el coche, o para pagar la compra del día. Esa sonrisa achinada rompe muchos esquemas occidentales y esquemáticos, porque no ha necesitado un plan de viabilidad del negocio, no vende calidad ni diferenciación de producto, no esconde un almacén informatizado, no responde a una estrategia estudiada de implantación en el mercado, sino que sencillamente es fruto de una manera de ser qua aún tenemos que descubrir y tal vez adaptar a nuestros pensamientos.
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