viernes 11 de julio de 2008

Morir indignamente (II)

Mueren nueve bebés inmigrantes en un cayuco (Público 11/07/08)

En nuestra sociedad occidental muchas personas muestran su preocupación por la inmigración. Unas personas son más receptivas y otras no tanto, pero resulta trágicamente sencillo plantear esta cuestión desde la banalidad o las ideas prefijadas. También es relativamente sencillo tener argumentos autenticamente racistas. Tan sencillo como aparentemente resulta, morir en altamar.

Mientras nuestra sociedad occidental se debate entre la crisis y la recesión, siguen llegando cayucos y pateras a nuestras costas, siguen llegando aviones repletos de visados de turistas cuyo único objetivo es encontrar unas condiciones de vida dignas. No importa que aumente la inflación y el paro, no importa que el crecimiento económico se estanque o incluso sea negativo, la prosperidad alcanzada debe estar a años luz de la realidad que estas personas viven en sus paises de origen.

En este mundo que alardea de su globalización, planteamos la inmigración como un problema local, casi tribal, cuando precisamente si deben existir respuestas globales a las situaciones que nos afectan a todos, esta es una de ellas.

miércoles 2 de julio de 2008

Morir indignamente

Una mujer muere abandonada en las urgencias de un hospital de Estados Unidos (El Pais, 2/07/08)

Me resulta muy paradójico, totalmente extraño, eufemísticamente inhumano, que en el debate sanitario se hable de derecho a morir dignamente refiriéndose a la sedación de los pacientes para evitar su sufrimiento, y al mismo tiempo una persona muera en un hospital por falta de atención.

Naturalmente no estamos ante el mismo caso, ni ante los mismos profesionales, pero resulta sintomático del grado de deshumanización que pueden llegar a alcanzar las personas. Y aún, asumiendo la distancia física y geográfica, no puedo evitar comparar ambas realidades. Al mismo tiempo que llamamos derecho a morir dignamente a la sedación, vemos morir indignamente a una persona por una sencilla falta de atención. Tristemente sintomático.

martes 20 de mayo de 2008

Geno, una madre

Imagen extraida de la web: blogs.elcomercio.com.pe/lopeordetodo

Geno es una madre trabajadora arquetípica de nuestra sociedad. Casada, con trabajo fuera del hogar y con un hijo que centra todos sus amores y sus inquietudes. Precisamente la escolarización de su pequeño le tiene últimamente preocupada. En la población donde vive la falta de previsión de las autoridades ha hecho que desde hace unos años existan menos plazas escolares que demandas de ellas.

Geno y su familia viven en un barrio que se ha llenado de inmigrantes procedentes de diferentes culturas que además de copar las ayudas sociales, dado el sistema de adjudicación de plazas escolares, copan también la mayoría de las plazas escolares. Geno está irritada, porque su niño no tiene la plaza asegurada y su marido y ella no cuentan con los ingresos suficientes como para llevarlo a un colegio privado aunque no duda en que lo matricularía en uno de ellos si el bolsillo se lo permitiera.

Ante la incertidumbre busca culpables y haciendo uso de una lógica aplastente los encuentra en los que tiene al alcance, a los que es fácil ponerle cara, sus vecinos de origen inmigrante. No se para a pensar en la falta de previsión de las administraciones, en la dejadez de los gobernantes, en la descoordinación de las autoridades para construir nuevos colegios. Ve en sus vecinos una amenaza cierta y palpable. Y se ve injustamente tratado.

Esas mismas autoridades destinan un buen pellizco del presupuesto a campañas de integración, de educación contra la xenofobia, y se pavonean públicamente, pero que por su ineficacia en las políticas del día a día colaboran, conscientemente o no, de una manera tan sencilla a construir un discurso excluyente entre las personas que como Geno, sufren la realidad en sus propias aspiraciones. Las políticas de escaparate no son más que parte de un caldo de cultivo que se cocina en la puerta de al lado.

lunes 19 de mayo de 2008

Cifras

(Imagen obtenida de la web: www.webalalza.com/economiaenlablogosfera)



Este sábado pasado volví al taller de Pepe (El Manitas). Mi hermano había tenido un problema mecánico y de nuevo gustosamente, Pepe, me invitó a que fuera a su taller además de indicarme que no suponía abusar de su recientemente adquirida confianza.

Realmente las cuestiones mecánicas se resolvieron de una manera rápida y certera y pasamos con celeridad al capítulo importante de la jornada: el almuerzo. Nuevamente nos encontramos ante una deliciosa conversación sobre realidades cercanas porque aunque las palabras nos derivaron hacia las recientes catástrofes en Asia, eran palabras cotidianas, de sentimientos universales por la sencilla razón de rebosar humanidad, ese rasgo común que los habitantes de la tierra solemos olvidar demasiado fácilmente.

No me sorprendió descubrir que Pepe, era de aquellos que aún se conmovía cuando en los telediarios hablaban de centenares de miles de personas fallecidas o desaparecidas, y a renglón seguido nos aproximaban a la última invención culinaria de algún cocinero minimalista que están tan de moda. Parecía como que solo era una cifra, un número frio y calculador, sin pararse a pensar en las personas que sufrían esa realidad.

No quedan muchas personas como Pepe en nuestras avanzadas sociedades occidentales. Hoy en día somos capaces de seguir comiendo mientras observamos las calamidades, la violencia extrema y los muertos en nuestro aparato de televisión como si fuera una simple película, ajenos al sufrimiento. En muchas ocasiones, las cifras son sencillamente un parapeto donde esconder la realidad.

lunes 12 de mayo de 2008

Espera



Hoy esperando ser llamado en la consulta del médico he resuelto el porqué de una profunda animaversión a las esperas. Hasta ahora pensaba que esta animaversión venía dada por un carácter pragmático. Por la pérdida de tiempo que supone estar simplemente esperando. Pero no es así. Existe otro motivo más profundo.


Una larga espera acaba por enfrentarte a ti mismo, a tu realidad más íntima, sin tapujos, sin obstáculos. Y esta sociedad de la rapidez, de la eficiencia, de la productividad no está montada para que las personas se encuentren y analicen su propia realidad, ese papel está reservado a los sicólogos o los siquiatras, que son los que han superado las pruebas técnicas para ocuparse del tema.

Esta especie de descubrimiento puede resultar demasiado abstracto para la mayoría de las personas que nos rodean precisamente porque nos han acostumbrado a reducir nuestra realidad a cifras y valoraciones económicas. Pero esta reflexión es importante porque pueden transformar las esperas de un tiempo de desesperación en un momento de mejora personal, siempre que sean provechosas para el crecimiento personal.

sábado 10 de mayo de 2008

Xiang, El comerciante


Fotografia extraida de la web: www.sugoi.com.ar

El sábado por la mañana la ciudad bulle de actividad. Las calles rebosan de personas que van de aquí para allá ocupando su tiempo de ocio. Almuerzos, hobbies, paseos, juegos, conversaciones ocupan la mañana que se escapa rápidamente en el tiempo. Aunque la ocupación más habitual y extendida es la compra familiar.

Los excasos puestos tradicionales de productos naturales que van quedando venden como ningún otro día de la semana, en los supermercados las cajas provocan colas interminables, las tiendas levantan sus persianas esperanzados en que los bolsillos anden más ligeros y los bares se han abastecido especialmente de cafe y pan para alimentar y reconfortar los cuerpos de los consumidores.

Entre esa maraña habitual se encuentra Xiang el comerciante. Él y su familia llegaron de China hace unos años sin hacer prácticamente ruido. Después de trabajar como cocinero en un restaurante asiático propiedad de un familiar, alquiló una planta baja enorme, la llenó de estanterias quilométricas y las hizo rebosar de miles de productos de todos los géneros y condición.

En la macrotienda de Xiang encuentras practicamente todo lo que puedas necesitar y lo que no también. Además Xiang y su familia, cada uno haciendo su tarea dentro del local, te regalan una sonrisa siempre que te diriges a ellos sea para preguntarles por la estantería donde tienen los parasoles para el coche, o para pagar la compra del día. Esa sonrisa achinada rompe muchos esquemas occidentales y esquemáticos, porque no ha necesitado un plan de viabilidad del negocio, no vende calidad ni diferenciación de producto, no esconde un almacén informatizado, no responde a una estrategia estudiada de implantación en el mercado, sino que sencillamente es fruto de una manera de ser qua aún tenemos que descubrir y tal vez adaptar a nuestros pensamientos.

viernes 9 de mayo de 2008

Fran, mi amigo


Fran es de aquellos amigos que no recuerdas cuando empezaron a serlo. Es una parte más de tu propia intimidad porque prácticamente nada de lo que te alegra o te preocupa adquiere un sentido completo hasta que se lo cuentas y adviertes su reacción. Naturalmente, esa relación es recíproca. Conozco sus problemas y sus aspiraciones en mayor profundidad que las de mis propios hermanos.

Mi amigo tuvo una novia desde muy joven. Se casaron aunque se separaron al poco tiempo. No tuvieron broncas aparentes, ni grandes enfados, simplemente decidieron que la separación era el mejor camino. Fran me ha confesado que no está enamorado de ella, que seguramente tampoco lo estuviera en el momento de casarse y piensa que a ella le ocurre lo mismo. Pero esta situación le ha traumatizado. Mi amigo es católico practicante y comprometido y aun no ha conseguido quitarse del hombro esa cruz que tanto le pesa.

La sociedad en la que vivimos se han normalizado las separaciones, incluso se ha aprobado el conocido como divorcio espres. Separaciones como las de Fran son técnicamente fáciles, rapidas y aparentemente inocuos. Pero para mi amigo no ha sido así. Su educación, sus valores, sus creencias le hacen preguntarse todos los días como y porqué llegó a esa situación que desembocó en la pérdida de un proyecto de vida con el que había soñado desde que se consolidó su noviazgo.

Fran limpia su conciencia de alguna manera dedicando su tiempo libre en un centro de acogida de inmigrantes que ha organizado Caritas en su parroquia. Le resulta gratificante, se siente realizado ayudando a los demás, y cumple con su compromiso cristiano. Darse a los demás le resulta tan sencillo como problemático le resulta aún superar su separación.

jueves 8 de mayo de 2008

Antonio, el quiosquero

Imagen proveniente de la web: kulissza.manna.ro

Conversaciones tengo de muchas condiciones. Amigables, intensas, acaloradas, profundas, de ascensor, cariñosas, ejemplares... y asi podríamos estirar la lista todo lo que quisieramos. Dentro de esta amalgama de dialogos personales existen las miniconversaciones con Antonio el quiosquero. Cada una de estas conversaciones mínimas tienen sentido en sí misma, aunque adquieren un valor añadido si se observan en su conjunto.

Gracias a estas conversaciones por debajo del minuto de duración en su mayoría, he descubierto a una persona que durante la crisis indultrial de la década de los ochenta del pasado siglo, se encontró sin trabajo y con una familia a la que mantener. Mientras muchos de sus compañeros eligieron vivir del subsidio aunque fuera una temporada, él prefirió darle rienda suelta a un inquietud emprendedora, porque un quiosco no deja de ser un negocio empresarial.

Antonio vive la mayor parte del día en el reducido local donde regenta el quiosco, espacio que queda más empequeñecido por las montañas de diarios, revistas, coleccionables, publicaciones y cajas de chucherías que no muy ordenadamente colapsan el exiguo recinto. Antonio superó aquella crisis consumiendo sus horas de vida y por eso en nuestra última miniconversación no se mostró muy preocupado por la situación actual de la llamada desaceleración económica de carácter global. Como me comentó, siempre se sale adelante mejor o peor porque hay que mantener a la familia, aunque en su caso para poder mantenerla y salir adelante, el tiempo que pasa con ellos es tan reducido como su quiosco. En muchas ocasiones pasamos por alto que cosas tan sencillas como vender un períodico o repartir chuches entre los niños encierran sacrificios tan importantes

martes 6 de mayo de 2008

Lazil, el inmigrante


Lazil es un inmigrante que comparte vida con el resto de la sociedad de este pais a orillas del mediterraneo en el que vivimos. He tenido varias conversaciones con él por motivos que no vienen al caso. Fruto de estas conversaciones he conocido levemente a una persona que salió de su pais de origen buscando el sueño de la prosperidad.

Lazil me ha confesado, en más de una ocasión, que en su pueblo no pasaba hambre ni mucho menos, incluso tenía trabajo regularmente, pero su vida era demasiado sencilla comparada con aquella sociedad europea que se asomaba por la ventana de la televisión. Lazil y su familia no pasaban auténtica necesidad, pero se gastó todos sus ahorros en llegar a nuestro pais de manera clandestina para aspirar a una vida mejor.

Gracias a un familiar y unos conocidos, encontró cobijo y un primer trabajo. Siguió teniendo una vida muy parecida a la que tenía en su pueblo, entre otras cosas porque necesitaba ahorrar la mayor parte de sus ingresos para pagar sus papeles. Pagar para comprarlos literalmente. El equivalente a 3.000 euros. Pero el esfuerzo valió la pena para poder trabajar legalmente.

A pesar de ser legal, su vida no cambió mucho tampoco, porque necesitaba seguir ahorrando para traerse a su mujer a nuestro pais. Pasado un tiempo lo consiguió. Pero entonces necesitó más ingresos, porque aparte de su mujer, nacieron un par de niños. Por eso, después de tantos años de sacrificio, pensó que abriendo un negocio tendría posibilidad de ganar más dinero. Pero Lazil nunca tuvo cabeza para los negocios y su negocio ha acabado envuelto en deudas y perjudicado por lo que ahora llaman la desaceleración económica. De manera que después de tantos años ha perdido todos los ahorros que tenía y ahora ha vuelto a trabajar en lo primero que le ha salido para poder vivir lo más sencillamente que pueda para ahorrar y poder pagar las deudas que ha contraído.

Los sueños son muchas veces, sencillamente sueños

Elisa, la enferma

Muchas personas afirman depremirse en los hospitales, servicios médicos de salud y centros asistenciales. Las personas a las que conozco que realizan tal afirmación suelen ser personas sanas que solo van a estos lugares de visita y no a recibir curas, recetas o su medicación necesaria para vivir.

Es cierto que la realidad que se puede observar en estos lugares, no es muy reconfortante si tenemos en cuenta que los usuarios son personas enfermas, y la enfermedad no es reconfortante en sí misma. Pero la enfermedad es intrínsicamente humana y aunque estemos sanos no podemos obviarlo.

Una enfermedad crónica que me acompaña últimamente, me hace visitar un ambulatorio de manera cíclica. En la última espera de turno para que mi médico me recetara los medicamentos rutinarios junto a mí se sentó un hombre que acompañaba a su mujer condenada a una silla de ruedas. El nombre de esta mujer era Elisa.

Elisa había sufrido la amputación de una pierna, tenía azúcar, le pude observar una cierta parálisis en un brazo, estaba claramente debilitada, solo podía emitir un hilo de voz que se quebraba en un llanto visible. Era fácil deducir que la vida se le escapaba día a día y ella era consciente. Su marido también.

Nadie le dió conversación. Yo tampoco. Nos limitamos a observar su llanto repetitivo y amargo. Cuando salí del ambulatorio pensé que hubiera sido muy sencillo dedicarle unas simples palabras con cierto cariño. Pero ahora era demasiado tarde. Aunque parezca mentira, en una sociedad tan avanzada como la nuestra, siempre existen barreras para la sencillez expontánea.

lunes 5 de mayo de 2008

Pepe El Manitas



Pepe El Manitas tiene una planta baja que ha transformado en su taller particular donde repara vehículos a motor propios, de vecinos, amigos y compañeros, y donde pasa sus horas de ocio inventando sus propios artilugios caseros y semiindrustriales.

Lo conocí hace unos días cuando un amigo me llevó a su particular taller para hacerle unos arreglos a mi coche que hacía tiempo necesitaba. Después de observar la cantidad ingente de herramientas, artilugios, despieces varios de maquinaria variada y piezas de diferente procedencia, no me sorprendieron sus conocimientos de mecánica que acompañaba de una actitud amable, sencilla y acogedora, y más conmigo al que no me conocía más que por referencias de conversaciones en su trabajo.

Que no me sorprendieran sus dotes técnicas y manuales no quiere decir que no las valore, y más cuando no dejo de ser uno de esos torpes que saben hacer bien poco con un simple destornillador en la mano, aunque personalmente valoro más, su capacidad para observar la vida desde la experiencia de los años y asumiendo su devenir desde una responsabilidad por los propios actos, que es tan dificil de encontrar hoy en día.

El almuerzo posterior, con el que se pagó la constraprestación mecánica, fue delicioso. Y no solo por lo que injerimos, sino más que nada por su conversación. Conversación repleta de consejos, pero desde el acompañamiento, no desde la imposición. Como un padre que va detrás del niño que está aprendiendo a andar pero que deja que se caiga para que acumule su propia experiencia. Pude escuchar palabras sabias y vivencias sencillas, pero precisamente por eso, cercanas y enriquecedoras que hacen que, días después, aún conserve el gustoso aroma del café con el que sellamos aquella jornada.

Presentación


La sencillez también exige educación. Y de buena educación es presentarse.

Palabras Sencillas es un blog de la necesidad de la sencillez como producto de un camino por la vida en búsqueda de la satisfacción personal.

La sencillez como conclusión, porque son precisamente las cosas sencillas las que ofrecen más satisfacción real. Las pequeñas realidades de cada dia, los pequeños detalles, los pequeños aconteceres.

La cotidianeidad nos otorga la posibilidad de valorar estos aspectos de la realidad. Y de estas cosas, con sus palabras y personas, hablaremos en este rincón de la red.